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Gabriela Mistral, su obra dedicada a los niños

GABRIELA MISTRAL, SU OBRA DEDICADA A LOS NIÑOS.[1]

El interés por el desarrollo y derechos del niño

en la obra Mistraliana

Estela Socías Muñoz[2]

I.- Introducción

“Tu me enseñaste que lo que arde congrega a los seres en torno de su llama. E hice en torno mío el coro de los niños”[3].

Estos versos son los que dan inicio a mi ponencia dejando claramente reflejados en ellos la atractiva personalidad de Gabriela Mistral, forjada por su origen modesto, su infancia pobre, y dolorosa, su autoformación intelectual y su amor por las tareas docentes a las que se dedicó por entero. En sus poemas como desolación demuestra su trato fino con los niños y sus almas inocentes.

Lucila Godoy Alcayaga, nace en la nortina ciudad de Vicuña el 7 de abril de 1889, y el 22 de Diciembre de 1914 surge el seudónimo de Gabriela Mistral que unía el nombre de dos grandes valores de la lírica universal. Gabriel D`Annunzio y Federico Mistral, al ganar la corona de laurel y la medalla de oro en los primeros juegos florales. En los versos: Canciones de Cuna en "Canción Amarga" dice textualmente[4]

“Ay juguemos, hijo mío, A la reina con el rey. Este verde campo es tuyo, ¿”De quien mas podría ser?”.

En el poema Miedo “Yo no quiero que a mi niña golondrina me la vuelvan”. En estos resumidos versos, deja claramente demostrado, el amor por los más pequeños, y que fue practicada en su labor de maestra. La ronda es otro de sus estrategias podríamos decir con el lenguaje actual para que los niños aprendieran a compartir, a unirse con las manos transmitiéndose el calor y valor de la amistad.

En esta ponencia, recurriré a sus obras poéticas, donde demostraré la influencia que dejó hasta nuestros días; tomando sus rondas más importantes que recorren el mundo, dejando una estela de paz, y de fraternidad, que no solo unen las manos de los pequeños, sino las del mundo entero.

II.- El interés por el desarrollo y derechos del niño en la obra Mistraliana

Una de las preocupaciones centrales en la vida de la poeta Gabriela Mistral fue la educación de los niños, y esta inquietud no sólo la manifestó en su tarea como educadora, sino que además la dejó plasmada en sus libros de poesía. El interés por el desarrollo y derechos del niño en la obra mistraliana es notorio desde sus primeros escritos poéticos. También en sus prosas el tema de los niños y la educación están siempre presentes. Poemas como “Todas íbamos a ser reinas” o “Dame la mano”, grafican claramente su inclinación por dialogar con los niños a través de la poesía. Incluso en textos tan dramáticos, como los “Sonetos de la muerte”, podemos encontrar referencias, analogías o metáforas a la niñez. Cito:

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.[5]

Gabriela Mistral es sin duda una poeta en cuyo imaginario social y literario, en el género poético en este caso, los niños estuvieron presentes en todo momento. Y los versos que acabamos de citar, sobre todo por el contexto de muerte en que se escriben, son una demostración de ello.

Gabriela Mistral, nace como Lucila Godoy Alcayaga en la ciudad nortina de Vicuña, Chile, el 7 de abril de 1889, surgiendo su seudónimo de Gabriela Mistral en diciembre de 1914, cuando obtiene los Juegos Florales de Santiago. Su madre, Petronila Alcayaga, ejerció gran influencia en ella con sus conversaciones interminables, y también su hermana Emelina, de quien recibió sus primeras lecciones. Por lo tanto, su relación con la palabra escrita se inicia siendo muy niña. De hecho sus primeros escritos datan de cuando tenía alrededor de quince años, época en que colabora en el periódico El Coquimbo de la ciudad de La Serena, donde escribió con diferentes seudónimos. A esa misma edad comienza a trabajar en el Liceo de la Compañía en Vicuña como ayudante de profesora, oficio en el que se destacó prontamente gracias a su capacidad de comunicación con los alumnos. Su llamado “don pedagógico” se manifestó tempranamente y la acompañó toda la vida.

En 1910 rindió examen en la Escuela Normal de Santiago. Posteriormente fue profesora primaria en Barrancas. En 1912 enseñó en el Liceo de Antofagasta y además fue inspectora general. Luego fue nombrada inspectora y profesora de castellano en el Liceo de Los Andes. También fue profesora de castellano y directora del Liceo de Punta Arenas.

En el año 1922 fue invitada a México por el Ministerio de Educación de ese país, con el fin de participar en los planes de la reforma educacional mexicana y en la organización y fundación de bibliotecas populares. En ese país, en 1923, publicó Lecturas para Mujeres. Pudiendo además desarrollar su vocación pedagógica a plenitud. Gabriela Mistral recibió muchos reconocimientos por su labor como maestra, y como poeta fue galardonada en 1945 con el Premio Nobel de Literatura, recibiendo seis años más tarde, en 1951, el Premio Nacional de Literatura de su país, en un reconocimiento claramente tardío. Durante su vida ejerció cargos consulares que la llevaron por varios países, pero lo suyo, definitivamente era la educación y poesía.

Su obra poética la integran los libros Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938) y Lagar (1954). Poema de Chile (1967), se publicó póstumamente. En todos ellos dejó espacio para escribir a los niños, ya sea como el tema central de un poema –o libro- o a través de una alusión.

Lo que en el fondo persigue Gabriela Mistral es resaltar el derecho de los niños a la educación y al buen trato por parte de sus mayores. Pretende crear conciencia en la necesidad de fortalecer las relaciones de los adultos con los niños, en un mundo que cada vez debemos tratar de que sea lo mejor posible. Esta preocupación se torna esencial en su poesía, y es lo que pretendemos mostrar en el presente trabajo. Ya en su primer libro, Desolación, nos encontramos con poemas que se relacionan de distintas maneras con los niños, con el sentido de maternidad y circunstancias sociales adversas que los rodean. Ejemplo de ello son poemas tales como Meciendo, Me tuviste o Encantamiento, de la sección llamada Canciones de cuna, del libro citado. Los textos de Desolación resaltan el sentimiento de madre y una notoria tendencia a la protección, en especial velar el sueño de los niños. Da la impresión de que –para Mistral- en el sueño se encontrara el mayor estado de protección de los pequeños ante un mundo doloroso y violento, del cuál la poeta desea prohijarlos. La mayoría de los poemas, en este caso, hablan del sueño bajo la vigilia materna. Un ejemplo:

Por que duermas, hijo mío,

el camino enmudeció;

nadie gime sino el río;

nada existe sino yo.[6]

En otro aspecto, prima en Gabriela Mistral lo lúdico, el juego permanentemente, tratar de mostrar a los pequeños la parte más alegre de la vida a través de, por ejemplo, las travesuras, los juegos. Todo esto se manifestará aún más en su libro Ternura, dirigido completamente hacia los niños, aunque también para ser leído por los adultos. Pero antes de pasar a esta obra, debemos agregar que en el caso de Desolación también hay poemas que destacan el rol del educador, de la escuela, sobre todo rural, del aprendizaje a través de la palabra escrita. Lo que se expresa en textos como son: La maestra rural, La oración de la maestra o los cuentos de la parte titulada “Prosa escolar”, entre otros, con clara orientación pedagógica.

Respecto al libro Ternura, que recién mencionábamos, Gabriela Mistral pone en él todo su espíritu de educadora y amor por los niños. El volumen se divide en varios capítulos, titulados de la siguiente manera: Canciones de cuna, Rondas, La desvariadora, jugarretas, cuenta-mundos, Casi escolares y Cuentos. Lo que refleja la intencionalidad de la obra. Sobre el mundo de Ternura, sobre su imaginario poético, Jaime Quezada, estudioso de la obra de la premio Nobel, nos explica en el prólogo a la primera edición de este libro en Chile -en su versión íntegra- lo siguiente:

De un coloquio diurno y nocturno de la madre con su alma, con su hijo, y con la tierra visible de día y audible de noche, viene, en gran parte, el origen de Ternura: canciones de cuna, rondas, jugarretas, cuenta-mundos. Arrullos con largas pausas para cantar a la liebre rojiza o a la vizcacha parda. Arrorrós que rescatan lo más genuino y tradicional del folclore infantil chileno, latinoamericano, español viejo.[7]

Luego, Quezada cita a la propia Mistral, que expresa sus pretensiones en este libro:

He querido hacer una poesía escolar nueva, porque la que hay en boga no me satisface; una poesía escolar que no por ser escolar deje de ser poesía, que los sea, y más delicada que cualquiera otra, más honda, más impregnada de cosas de corazón: más estremecida de soplo de alma. [8]

Con estas palabras queda claro, entonces, la intencionalidad de la poeta por crear una poesía que sea educadora para los niños, y por otro la seriedad e importancia que le asigna a esta función literaria en relación al tema tratado.

Producto de este libro –que muchos, injustamente, consideran menor dentro de la totalidad de su obra- algunos críticos han pretendido encasillar a Gabriela Mistral como una especie de poeta de rondas infantiles. Pero nada más errado que esa percepción o afirmación, que además deja al descubierto lecturas superficiales de Ternura y evidentes prejuicios acerca de los objetivos de esta obra.

En un mundo donde los problemas fundamentales que afectan a los niños aún no consiguen ser resueltos, y se cometen atropellos a sus derechos diariamente, en todos los países de los cinco continentes, la obra de Gabriela Mistral bien puede ser un aporte significativo para hacer tomar conciencia en que además de educar a los niños en principios correctos, hay que satisfacer sus necesidades básicas, tanto materiales como espirituales. Sin duda que una educación sólida evitará que en el futuro, muchos niños, al llegar a la adultez, se transformen en sujetos sociales negativos.

La poeta demuestra su amor por los niños e incentiva su desarrollo, su inventiva, sus capacidades lúdicas. En los poemas de Ternura se tocan variados temas de una manera que manifiestan siempre alguna enseñanza, por ejemplo en el poema El Agua, que dice en una de sus partes:

¡Niñito mío, que susto tienes

con el Agua adonde te traje,

y todo el susto por el gozo

de la cascada que se reparte!

(…)

¡beben del Agua dos orillas,

bebe la Sed de sorbos grandes,

beben ganados y yuntadas,

y no se acaba, el Agua Amante! [9]

En este texto nos encontramos con algo que es característico en Mistral, la relación permanente que sitúa al niño junto a la naturaleza. Con su entorno natural. Es ésta una de las motivaciones que conducen su escritura y deseos. Percibe que en la naturaleza están los elementos más puros que nos da la vida, y al ir conociéndolos los niños sus espíritus se irán enriqueciendo y preparándose para vivir la vida futura de mejor manera. Otro ejemplo es el poema Montaña:

Trepamos, hijo, los faldeos,

llenos de robles y de hayas.

Arremolina el viento hierbas

y balancea la Montaña,

y van los brazos de tu madre

abriendo moños que son zaras…[10]

La preocupación de educar a través del poema se manifiesta de manera incesante en la obra mistraliana. Es una de sus formulaciones elementales. Así como lo es el sentido de maternidad que ya comentábamos. Educación y maternidad son los elementos substanciales que va utilizando la poeta para manifestar el mundo que desea exponer a los niños. No es el tema de este trabajo indagar en los orígenes del marcado sentido de maternidad de Gabriela Mistral, que jamás pudo ver realizado en su propia vida concibiendo un hijo. Pero creemos que es necesario decir que escribió sobre la maternidad con un conocimiento –y sobre todo sentimiento- de ella, muchas veces superior al de muchas madres, que teniendo hijos no asumen la maternidad como un compromiso vital donde educación y naturaleza son centrales en el desarrollo del niño. En cambio Mistral sin ser madre lo entendía a cabalidad. Un ejemplo claro y notable, de lo que hemos venido afirmando, se da en el poema La casa, el cual citamos en extenso por la significación social, fuerza poética y de lenguaje que posee el texto:

La mesas, hijo, está tendida,
en blancura quieta de nata,
y en cuatro muros azulea,
dando relumbres, la cerámica.
Ésta es la sal, éste el aceite
y al centro el Pan que casi habla.
Oro más lindo que oro del Pan
no está ni en fruta ni en retama,
y da su olor de espiga y horno
una dicha que nunca sacia.
Lo partimos, hijito, juntos,
con dedos puros y palma blanda,
y tú lo miras asombrado
de tierra negra que da flor blanca.

Baja la mano de comer,
que tu madre también la baja.
Los trigos, hijo, son del aire,
y son del sol y de la azada;
pero este Pan “cara de Dios
no llega a mesas de las casas.
Y si otros niños no lo tienen,
mejor, mi hijo, no lo tocaras,
y no tomarlo mejor sería
con mano y mano avergonzadas.

Hijo, el Hambre, cara de mueca,
en remolino gira las parvas,
y se buscan y no se encuentran
el pan y el Hambre corcobada.
Para que lo halle, si ahora entra,
el Pan dejemos hasta mañana;
el fuego ardiendo marque la puerta,
que el indio quechua nunca cerraba,
y miremos comer al Hambre,
para dormir con cuerpo y alma.[11]

De este poema se desprende la connotación del lenguaje utilizado por la poeta, que además es otra de sus características, la transparencia lingüística. Mistral sabe que el lenguaje es básico en las relaciones sociales entre los seres humanos –el medio de comunicación por excelencia- y por lo tanto influye de manera crucial en la educación, sobre todo en los primeros años de vida de los niños. El lenguaje que utiliza nuestra poeta es sencillo, pero no por eso desposeído de elaboración sintáctica ni variedad de imágenes poéticas, por el contrario, proyecta una fuerza de comunicación intensa en sus conceptos.

Gabriela Mistral tenían un alto grado de confianza en lo que llama Contar, saber narrar, relatar una historia, especialmente en la labor docente, oficio donde esta capacidad de Contar la consideraba esencial. Y eso obviamente tiene relación con la utilización del lenguaje de manera clara, como exponíamos con anterioridad. De hecho, en un texto fechado en Avignon en 1929 se refiere al tema. Centrándose en que saber Contar debe ser algo básico en un maestro, pues de esta manera su desempeño se proyectará (en los niños) gracias a esta “virtud de buen contar que es cosa mayorazga en la escuela. Lo mismo pasa con las condiciones felices del maestro para hacer jugar a los niños”[12]. Incluso considera una exigencia pedir a los profesores, de no tener estas cualidades, que se les pida desarrollarlas. Es decir, su preocupación permanente por la enseñanza de los niños queda aquí sentenciada de manera rotunda. Sobre todo en las siguientes afirmaciones, donde explica cómo debe ser el contador, cómo debe expresarse, en una armonía entre el relato, el lenguaje y las expresiones corporales:

contar es la mitad de las lecciones; contar es medio horario y medio manejo de los niños, cuando, como es adagio, contar es encantar, con lo cual entra en la magia. Estoy hablando de la escuela primaria, naturalmente, sin que esto deje de cubrir también los tres primeros años de la secundaria.

(…)

El contador ha de ser sencillo y hasta humilde si ha de repetir sin añadidura la fábula maestra que no necesita adobo; deberá ser donoso, surcado de gracia en la palabra, espejeante de donaire, pues el niño es más sensible que Goethe y Ronsard a la gracia; deberá reducirlo todo a imágenes, cuando describe, además de contar, y también cuando se cuenta, dejando sin auxilio de estampa solo aquello que no puede transmutarse en ella…” [13].

Aquí los conceptos quedan muy claros respecto a cuál es el ideal, y una de las bases de la educación, en el pensamiento de Gabriela Mistral, y su relación de ésta con la poesía, específicamente manifestado en la frase “deberá reducirlo todo a imágenes”. Es decir, la comunicación a través del contar. Lo que demuestra además, como explicamos al principio, la enorme influencia de su madre en su manera de concebir los procesos de educación, gracias a la capacidad de conversadora que aquella poseía, y que obviamente la premio Nobel supo asimilar con certeza.

Respecto a Tala (1938) y Lagar (1954), los dos últimos libros de poemas que publicó en vida, si bien son obras quizá con una orientación más social (sin dejar de lado lo metafísico, la naturaleza y lo indígena), desde un punto de vista más político si se quiere -aunque lo político se manifieste generalmente de modo mayoritariamente tangencial- su preocupación por el tema de los niños sigue presente. En Tala, por ejemplo, nos encontramos con uno de sus poemas más famosos, con un ritmo muy armónico, especial para ser leído a los niños. Se trata del texto Todas íbamos a ser reinas, que dice en algunas de sus partes:

Todas íbamos a se reinas,

De cuatro reinos sobre el mar:

Rosalía con Efigenia

y Lucila con Soledad.

(…)

Con las trenzas de los siete años,

y batas claras de percal,

persiguiendo torvos huidos

en la sombra del higueral.

(…)

Y Lucila, que habla a río,

a montaña y cañaveral,

en las lunas de la locura

recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos

y en los salares su reinar,

en los ríos ha visto esposos

y su manto en la tempestad.[14]

Todas íbamos a ser reinas, es un texto de diversas lecturas, entre ellas la infancia enfocada a las aspiraciones futuras, cuyos resultados también son diversos, y complejos tal vez, pero perfectamente perceptibles al entendimiento infantil.

En el caso de Lagar, que para algunos críticos es su libro más contundente, quizá debido a que lo escribió en plena etapa madura, los niños tampoco están ausentes. Nos parece que, en este libro, donde con mayor fuerza se hace hincapié en los niños es en poemas como Ayudadoras, Nacimiento de una casa y Ocho Perritos, por ejemplo. Dice este último, con un claro sentido de alegría didáctica dirigida hacia los niños:

Los perritos abrieron sus ojos

del treceavo al quinceavo día.

De golpe vieron el mundo,

con ansia, susto y alegría.

Vieron el vientre de la madre,

la puerta suya que es la mía,

el diluvio de luz,

las azaleas floridas. [15]

A través de este poema Gabriela Mistral habla a los niños de la vida, de lo maravilloso del nacimiento. Sin duda una mensaje de amor y paz para ser leído a los niños durante su período de formación.

III.- Conclusiones

Creemos que en esta exposición hemos podido establecer que Gabriela Mistral, mediante su poesía, fundamentalmente –pero también en su prosa- legó elementos imperecederos para la educación de los niños, un asunto que cruza toda su obra y la convierte en una maestra innovadora y de ancho espíritu además de una poeta de dimensiones mayores.

Para finalizar, citaré algunos textos breves que Gabriel Mistral escribió y nos confirman aún más su interés por educar a los niños con excelencia, considerando indispensable –para este propósito- preparar buenos maestros. Los textos fueron titulados Pensamientos Pedagógicos y fueron publicados en la Revista de Educación, Año II, Nº 1, de marzo de 1923. Los escritos, claramente, mantienen vigencia hasta nuestros días. Dicen en parte:

Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra.

Amenizar la enseñanza con la hermosa palabra, con la anécdota oportuna, y la relación de cada conocimiento con la vida.

Si no realizamos la igualdad y la cultura dentro de la escuela, ¿dónde podrán exigirse estas cosas?

La maestra que no lee tiene que ser mala maestra: ha rebajado su profesión al mecanismo de oficio, al no renovarse espiritualmente.

Todos los vicios y la mezquindad de un pueblo son vicios de sus maestros.

Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma.

La enseñanza de los niños es tal vez la forma más alta de buscar a Dios; pero es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad.

No es nocivo comentar la vida con las alumnas, cuando el comentario critica sin emponzoñar, alaba sin pasión y tiene intención edificadora.

La maestra que no respeta su mismo horario y lo altera sólo para su comodidad personal, enseña con eso el desorden y la falta de seriedad.

Es preciso no considerar la escuela como casa de una, sino de todas.

Hay derecho a la crítica, pero después de haber hecho con éxito lo que se critica.

El amor de Gabriela Mistral por la correcta educación de los niños, después de leer estos puntos, nos parece incuestionable. Lo mismo que su vocación de hacerlo a través de la poesía.

Santiago de Chile, Marzo 2010.


[1] Ponencia para ser presentad en ISCHE 32 a realizarse en Ámsterdam, The Netherlands, entre el 26 y 27 de agosto de 2010.

[2] Escritora y profesora chilena. Magíster en Literatura. Presidenta de la Academia Chilena de Literatura Infantil-Juvenil. Directora de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

[3] “Desolación poemario de Gabriela Mistral. “El brasero” tomado de Poesías Completas de Gabriela Mistral, 2ª edición., Madrid, Aguilar, 1962, pp. 215

[4] “Desolación poemario de Gabriela Mistral “Canciones de Cuna” y “Canción amarga”. Tomado del libro Los grandes autores y sus obras, tomo 8. Gabriela Mistral. Desolación. Editorial Portada. Resúmenes y análisis de obra: Jaime Campusano T. Profesor de Castellano. Pág. 96 y 97.

[5] Mistral, Gabriela. Desolación, 1922. En Poesías Completas. Ediciones Aguilar, 1968. Cuarta edición a cargo de Margaret Bates. Pág. 81.

[6] Poema “La noche”. Mistral, Gabriela. Desolación, 1922. En Poesías Completas. Ediciones Aguilar, 1968. Cuarta edición a cargo de Margaret Bates. Pág. 164.

[7] Mistral, Gabriela. Ternura. Editorial Universitaria, quinta edición, 2001. Prólogo y notas de Jaime Quezada. Pág. 11.

[8] Ibid. Pág. 11 y12.

[9] Ibid. Pág. 152.

[10] Ibid. Pág. 162.

[11] Ibid. Pág. 171.

[12] Mistral, Gabriela. Recados para América. Co-edición Revista Pluma y Pincel – Instituto ICAL, 1978. Selección de Mario Céspedes. Pág 59.

[13] Ibid. Pág. 59 y 62.

[14] Poema “Todas íbamos a ser reinas”. Mistral, Gabriela. Tala, 1938. En Poesías Completas. Ediciones Aguilar, 1968. Cuarta edición a cargo de Margaret Bates. Pág. 520 – 523.

[15] Poema “Ocho perritos”. Mistral, Gabriela. Lagar, 1954. En Poesías completas. Ediciones Aguilar, 1968. Cuarta edición a cargo de Margaret Bates. Pág. 698.