Interculturalidad en la historia de la educación
agosto 1, 2014
La clasificación de los géneros
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Los Cuentos Tradicionales y los Estereotipos Sexuales

I.- INTRODUCCIÓN

1.- Antecedentes del estudio

El reconocimiento inicial de la literatura se adquiere desde los primeros años. Todos recordamos algún texto que se nos contó con afán durante la infancia, así como también, nos es fácil distinguir títulos o autores de repertorio clásico que, sin duda, permanecen en el imaginario colectivo y que han aportado a la configuración de prácticas culturales  que se manifiestan en espacios públicos y privados.

Ahora bien, si responsabilizamos a la literatura de una pequeña parte de nuestras conductas o creencias es imposible obviar los patrones que esta alimentará y creará.

Resulta significativo, que a pesar del paso del tiempo, las fabulaciones infantiles continúen generándose a partir de las más tradicionales voces de la literatura infantil.  Porque siguen vigentes y porque son de conocimiento popular es que una de las fuentes principales de este trabajo se basará en el estudio de obras de los hermanos Grimm, quienes en su búsqueda de las narraciones, que contenía la cultura de su época, consiguieron establecer un referente obligado en las letras para los más pequeños.

Una preocupación importante son los discursos textuales que se perpetúan en el inconsciente a partir de la repetición de imágenes.  En el caso de los textos literarios infantiles se han reconocido marcas explícitas que denotan líneas de comportamiento según la diferencia sexual, indicando conductas y perfiles para hombres y mujeres.

Pensando en la necesidad de hacer de la diferencia sexual una experiencia con posibilidades legítimamente ecuánimes es que este estudio intentará encontrar marcas textuales que manifiestan la problemática del género y que presentarán a la literatura, que dicho sea de paso, es lo que nos convoca, como una poderosa fuente de transmisión cultural reconocible en los espectros más cotidianos y en los más complejos.

2.- OBJETIVOS

Los objetivos de este estudio se dividen en dos.

a.- Objetivos generales

Analizar críticamente a la literatura como fuente de transmisión cultural.

Formalizar el estudio de temáticas de cruce transversal humano que tengan directa relación con la literatura creada por los Hermanos Grimm.

b.- Objetivos específicos
Reconocer con claridad el concepto de género y la pertinencia de su discusión en cualquier ámbito de la cultura.

Identificar las marcas de género presentes en textos literarios de conocimiento popular
Observar los lugares comunes en que se transmite cultura a través de la literatura (casa, escuela, barrio)
Promover la equidad  a partir de la rigurosidad discursiva y fomentar la lectura reflexiva de los textos literarios

II.- SOBRE EL CONCEPTO DE GÉNERO

Un término polisémico como es género ha adquirido desde su multiplicidad de acepciones gran importancia en los estudios culturales en las últimas décadas. Esto, porque la reivindicación de espacios sociales para hombres y mujeres desde sus propias diferencias ha permanecido en alerta constante en los nuevos tiempos.

Para efectos de este trabajo entenderemos el género a partir de la definición que otorga Marta Lamas:

“El género es una construcción socio- cultural, que hace referencia a la identidad de mujeres y hombres, que determina sus roles y, por tanto, cómo deben comportarse y pensarse en sociedad.  Nace de la diferenciación de los sexos, como primera forma de oposición”.

Marta Lamas entiende género, de acuerdo a las diferencias que se le otorgan a cada sexo, como“un campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder”.

Es decir, que a los roles y características que se le atribuyen a cada uno, necesariamente hay intereses de poder,  de un grupo dominante, por sobre otro dominado.

Según esta concepción no es el sexo propiamente tal el que me define en cuanto a mis prácticas sociales, sino la cultura o la sociedad desde la  mirada que tiene de mi sexo biológico. Ocurre que esta cultura manifestará y demandará conductas correctas o erradas para hombres y mujeres que irán desde la forma de permanecer en una silla hasta como expresar sus afectos.  A pesar de que ambos sexos se ven en ocasiones afectados por dichas  conductas, los cánones de vida y la mirada del mundo general no les permite reconocer la presión cultural o hacer la diferencia, sino que sólo asumen que ese tipo de variables son las que corresponden.

El género será entonces,“la consecuencia de tradiciones o costumbres transmitidas culturalmente y susceptibles de cambio mediante estrategias educativas dirigidas a individuos y  colectividades”.

La posición diferenciada determinada para hombres y mujeres se construye a partir de la asignación de roles, espacios, características e identidades diferentes para varones y mujeres en razón del sexo biológico, que da como resultante una situación diferenciada- en términos de derechos, valores y oportunidades- y un código complejo que organiza y regula las relaciones entre los sexos.

A partir de esto, podemos considerar con mayor certeza la necesidad de mirar estos patrones desde la óptica de la cultura y cómo ésta en todas sus manifestaciones perpetúa modelos de vida y los mantiene vigentes desde la repetición. El discurso cultural desde siempre ha expresado la diferencia entre ellas y ellos y en su conjunto la colectividad humana femenina y la colectividad humana masculina han asumido formas de apreciar el mundo que validan sus características e invalidan las de la otredad.

Si lo anterior, lo pensamos en términos ideológicos, hay una oposición entre “Nosotros y Ellas”, característica propia de la ideología, que según sugiere van Dijk, “los grupos construyen una imagen ideológica de sí mismos y de los otros de tal modo que (generalmente) Nosotros estamos representados positivamente y Ellos negativamente”, esto con la finalidad de legitimar discursos y prácticas, de un grupo por sobre otro, perpetuando intereses particulares.

Como la otredad ha definido supremacía en una esfera es que me detengo en el análisis de la problemática de género en la mujer.  Creo en la importancia de entender la subjetividad femenina, a partir de lo que género significa para aquella construcción.  Para ello he tomado ciertos elementos constituyentes que se irán desarrollando a partir de este apartado teórico.

El súper yo femenino, según Bleichmar, estaría instituido a partir del período pre-edípico; y sus contenidos son en el orden moral, reglamentando las relaciones con los otros, sentenciando conductas, etc. y en el narcisismo del Yo que estimula el autoestima con realizaciones de acciones reconfortantes para sí. Según Levinton.

“…así, en ambos casos, en el mandato superyoico estará presente el temor por la amenaza de una sanción: bien por la necesidad de pagar con culpa la transgresión de una norma, o bajo la forma de desaprobación narcisista por la pérdida de amor por parte del súper yo.  Su incumplimiento moviliza diferentes tipos de angustias”.

Así (tras el desarrollo del niño o la niña), responder al respectivo género sería una exigencia del ideal del yo, en donde cada uno tiene sus propios atributos, características y actitudes que definirían su esperada identidad.  Censurando, por cierto, el “salirse” de su rol, como sabemos, asignado en función de su sexo.

Es decir,  lo que se cree acerca de lo que debiera ser una “niña- mujer” y un “niño- hombre”, como creencias ideológicas fuertemente enraizadas, se proyecta tempranamente en ellos por los padres, preparándose así, su correspondiente siguismo identitario.  Y por consiguiente, la valoración de la norma, como también, la angustia que provoca su falta.

Referirnos a SEXO es, por tanto, distinto a hacerlo a GÉNERO. Mientras que el SEXO alude a lo biológico del ser humano, es decir, uno nace varón (macho) o mujer (hembra) con determinadas características, condiciones y rasgos anátomo – fisiológicos, el GÉNERO lo hace a características, roles, espacios y rasgos de personalidad que la sociedad asigna a varones y mujeres en función de su sexo y las relaciones entre ambos.  Esta asignación se da claramente diferenciada para varones  y mujeres, orientando la construcción de su identidad y el establecimiento de sus relaciones hacia el cumplimiento  de lo que está social y culturalmente establecido.

En todas las parcelas de la vida se manifiesta el género, toda acción estará determinada por éste, porque la repetición cultural lo hará intrínseco al niño o niña desde sus primeros años, hasta que estas conductas dejan de ser discutibles, sencillamente son. En palabras de María del Pino:“Desde el inicio de la vida del individuo se le enseña y exige modelos de comportamiento ligados a su sexo, lo que se manifiesta en infinidad de circunstancias del entorno familiar (en el lenguaje, en el color de la ropa, en las recriminaciones -‘Los niños no lloran’, ‘las niñas no juegan con pistolas’, … se oye decir a los padres-,  incluso sus orientaciones para la elección de los amigos/as no están exentas de connotaciones de género –‘no vayas con ese niño que es un amanerado’, o ‘esa niña no me gusta porque se comporta como un niño’- en los juguetes, en los cuentos, etc.) y, por supuesto, del contexto social.  Ésta es pues la mentalidad predominante que la escuela debe cambiar”.

Tenemos de esta forma cómo se enfatiza la socialización infantil desde la diferencia sexual, pero no cabe duda que estas prácticas se reproducirán y alcanzarán niveles de diferencia exacerbados con los años.  La adultez sin duda hará de las diferencias o de la otredad territorio indiscutible, irrefutable, incuestionable y en esta negación a la posibilidad de discutir es que la diferencia de roles asume una valoración negativa para el segmento femenino traducida en la más cercana cotidianeidad.

“El género determina lo que es conveniente, adecuado y posible para varones y mujeres en términos de su ubicación y participación en las diferentes esferas y ámbitos de la sociedad: en la familia, en la educación, en el gobierno, en las actividades económicas, en la distribución de los ingresos y de los recursos, en las instituciones, para cada contexto socio – cultural particular. Las instituciones en estos diversos ámbitos y esferas de la sociedad reproducen, refuerzan y controlan la funcionalidad de estos patrones de género, perpetuándolos mediante los procesos de socialización”.

III.- LA MUJER EN LA HISTORIA

Se ha expuesto que las diferencias han creado diferenciaciones negativas para la mujer, pero es necesario demostrar este hecho en la historia para que adquiera real validez. Las afirmaciones antes expuestas no son azarosas; la cultura y la historia determinadas por el tiempo se han encargado de corroborar tales aseveraciones.  En cuanto a esto existe una constante en las cualidades atribuidas a las mujeres.  Predomina la identificación de la mujer con la Naturaleza y la sexualidad, en unos casos condenada, en otros ensalzada.  Mujer y sexualidad son concebidas como mediación hacia la servidumbre o hacia la libertad del individuo.  Esto no debe asombrarnos.  La función mediadora de la figura femenina es muy antigua y durante muchos siglos se articuló en el lenguaje religioso.  Eva, causante de la Caída, representaba la sexualidad seductora inspirada por la serpiente.  María, su contrapartida, era venerada como la mediadora por excelencia entre la vida terrena y el Dios que aseguraba la salvación eterna.

No fueron pocas las representaciones negativas que sostuvieron en la colectividad las mujeres que no articularon conductas desde el modelo patriarcal.  Un ejemplo clásico es el asesinato de nueve millones de mujeres en Europa por ser consideradas brujas durante el siglo XV.  La historia ha develado que fue una medida de control de poder.  La mujer que se vincula a la naturaleza y que posee un saber debe ser abolida.  El conocimiento es una forma de poder y no estaba permitido en la época que el saber y, por ende el poder, estuvieran en manos femeninas.

Según de Dijikstra, además de constituir una fuente de excitación y placer masculinos, estas imágenes serían un aviso de los peligros que, supuestamente, amenazan al varón decimonónico occidental: “razas inferiores”, “clases inferiores” y mujeres son percibidas como naturaleza primitiva capaz de destruir la civilización.

“La particular aplicación de la teoría de la evolución al análisis de fenómenos tales como el colonialismo, el capitalismo y el patriarcado -darwinismo social- conduce a esta amalgama en la que el oprimido adquiere perfiles bestiales y demoníacos. Sexismo, clasismo y racismo coinciden en la adjudicación de los mismos rasgos al individuo sometido: animalidad y sensualidad portadoras del caos”.

En una defensa de las mujeres ya muy lejana, el filósofo renacentista Agrippa Von Nettesheim acumuló argumentos frente a la maligna Eva siempre recordada por los tratados misóginos de su época: las mujeres son más castas y más benevolentes, los crímenes y las guerras suelen ser propios de los varones, etc.

Sin embargo, esta interpretación resulta ser una excepción tratándose de la mirada masculina sobre la femineidad.  No han sido pocos los esfuerzos que el patriarcado desde la sistematización de la cultura ha referido para mantener las condiciones de subordinación.  Las especificidades de la ciencia  en relación a la castración y la constante de carencia y culpa en la mujer parecieran determinar la imposibilidad de la sujeto femenino de asumir prácticas de vida ecuánimes.

“ No es casualidad si, junto con la aparición del paradigma de igualdad de las democracias modernas, se popularizan las teorías de los médicos-filósofos sobre la completa dependencia del cerebro femenino a las exigencias reproductivas.  La misión de madre excluirá la de ciudadanía y del acceso a los estudios superiores. Estas teorías, originadas a mediados del siglo XVIII, en plena Ilustración, desarrolladas durante el siglo XIX y continuadas en la doctrina de la envidia del pene freudiana, tenían una función claramente discriminatoria”.

La historia femenina ha tenido devenires de excesiva desigualdad y las luchas no han logrado conciliar las conductas transmitidas desde la tradición.  Las primeras sufragistas o las primeras mujeres en cursar estudios superiores fueron condenadas intensamente. Incluso en Chile, recién a mediados del siglo XX pudieron acceder al voto femenino, revirtiendo estatutos de una constitución que las señalaba junto a los reos y los locos en su imposibilidad de escoger políticamente.

Las décadas del sesenta y setenta traerían diferencias y una suerte de liberación malentendida y atribuida exclusivamente a los métodos de no concepción que permitirían a la mujer un cambio radical desde la mirada de las prácticas sexuales.

“la sexualidad de la mujer irrumpe en el final de siglo como un proyecto de liberación” y “ahora, en nuestro propio final de siglo, se proclama su triunfo y la promesa de un futuro esencialmente femenino, con una nueva transformación de los valores, con una nueva utopía”.

La proliferación de imágenes de la sexualidad femenina amenazante marcaría el comienzo del fin de una larga historia de represión del placer sexual y, en especial del goce femenino.  Mas aún, esa suerte de beneficio que traería el destape, antepuso sobre la mirada del sujeto femenino las tensiones actuales sobre lo femenino y el cuerpo como objeto.  Si bien es cierto que la revolución sexual ha significado el reconocimiento del derecho al placer para las mujeres, también, desde la teoría feminista se ha subrayado el carácter androcéntrico  de los nuevos credos, usos y costumbres.  Si Foucault denunciaba el “dispositivo de la sexualidad” de la Modernidad como construcción-control-incitación social de las identidades sexuales, esta sospecha adquiere aún mucho más fundamento cuando examinamos el caso del colectivo femenino.  El sensual (en ocasiones, pornográfico) modelo femenino post-revolución sexual es también -como lo era el puritano “ángel del hogar”- una proyección del deseo masculino.  El discurso filosófico y científico, el arte y, a nivel popular, los medios de comunicación de masas, establecen y normalizan este nuevo modelo en lo que puede ser considerado una nueva forma de configuración y control patriarcales del cuerpo y la sexualidad femeninos.

IV.- SOBRE EL LENGUAJE Y LOS CUENTOS INFANTILES

A la edad de tres años los niños tienden a tomar conciencia de su género al adoptar determinados elementos culturales (juegos, ropas o formas de hablar) asignados a su sexo.  Ya desde la cuna, los niños y las niñas son tratados de forma diferente: a las niñas se las suele vestir de rosa (un color considerado femenino) y a los niños de azul.  Así que, incluso a una edad en la que resulta imposible distinguir la conducta femenina de la masculina, se considera importante que no se confundan sus géneros.

Dado que los roles de género varían según la cultura, parece que muchas diferencias de conducta entre hombres y mujeres están causadas tanto por la socialización como por las hormonas masculinas y femeninas y otros factores congénitos.  A medida que más mujeres occidentales trabajan fuera de casa, la división de roles de género va variando, aunque de forma paulatina.

La conducta estereotipada asociada al sexo (agresión masculina y pasividad femenina) procede, al menos parcialmente, de los roles aprendidos durante la infancia: a los niños se les enseña que “los hombres no lloran” y se les regala pistolas y autos, mientras que las niñas juegan con muñecas y casitas que les han regalado para que puedan imitar el rol típico de la mujer en el hogar. Aunque cada vez hay más niñas que juegan con juguetes asignados anteriormente a los chicos, lo contrario todavía es poco común.  Muchos niños y niñas tienden a destacar sólo en aquellos campos de estudio tradicionalmente atribuidos a su género, lo que explica en parte el dominio masculino en muchas áreas como las ciencias o la ingeniería (a principios de la década de 1990, las mujeres españolas que cursan estudios superiores son mayoría, pero sólo una minoría elige una carrera técnica).  Estos factores son importantes argumentos en la lucha del movimiento feminista por la igualdad de las personas de ambos sexos, sea cual sea su identidad de género.

Ahora bien, pensando en las imágenes que se transmiten a niños y niñas es que cobra importancia aquel discurso que se repite como constante y que en la literatura corresponde a los cuentos infantiles. Con la estructura síquica y el lenguaje, los seres humanos simbolizamos al mundo.  Según Marta Lamas,  “las representaciones sociales son construcciones simbólicas que dan atribuciones a la conducta objetiva y subjetiva de las personas… lo que define al género es la acción simbólica colectiva”.

A partir de esto, se construye lo que deben ser los hombres y las mujeres.  Y en estas dicotomías, se otorgan sentidos para cada uno, lo que conlleva, necesariamente, a una jerarquización.  Queremos decir con esto, que los rasgos dominantes “propios” de los hombres, se contraponen a los rasgos subordinados de las mujeres, también de exclusividad de ellas.  Mientras que a los hombres se les otorga calificaciones valoradas por esta sociedad, tales como, discernimiento, raciocinio, poder, objetividad, etc., a las mujeres, se les otorga una excesiva sensibilidad, irracionalismo e  impulsividad, entre otras.  Cabe señalar, que estas oposiciones son claves para entender los ejes de poder en cuanto al género.

La literatura ofrece modelos de identificación y así como el niño puede simpatizar con algunos personajes, odiar a otros, hacer su catarsis y proyectar temores, también encuentra modelos con respecto al sexo.  La cultura entonces reproduce una nueva forma o estrategia de control que según María  Del Pino Lecuona se manifiesta de la siguiente forma:“La cultura se vale de formas simbólicas para institucionalizar la diferencia entre hombres y mujeres (en desmedro de estas últimas), separando así las prácticas, ideas y discursos que le corresponderían a cada uno”.

Los resultados ponen de manifiesto la imposibilidad de extraer conclusiones a partir de los datos cuantitativos, si bien, el análisis cualitativo nos ofrece un sin fin de clichés vinculados a las tareas y conductas propias del sexo de los personajes.  En este sentido vemos cómo en los cuentos de Grimm y Perrault los personajes femeninos se describen en función de su aspecto y estado físico (“bonita”, “delicada cosita”, “enferma”) como de su fuerza y estado anímico (“pobre Caperucita”, “infeliz niña”, “desventurada mujer”, “pobre abuela”) connotando en definitiva la debilidad y fragilidad del carácter de la mujer.  Por el contrario, al género masculino se le reviste de un halo de perversidad y malignidad en la figura del lobo.  En lo tocante a la denominación, el único rasgo destacable es la identificación de algunos protagonistas varones por su oficio de leñador o cazador, no mencionando, en ningún momento, la actividad laboral de las féminas.

Resulta curioso comprender cómo se han reproducido estas lecturas de lo femenino o masculino en la literatura infantil cuando el canon ha subentendido que por lo general los cuentos son narrados de forma primaria por la madre.  Sin embargo, uno de los mecanismos que ha hecho eficaz esta estrategia de poder ha sido su carácter de imperceptibilidad.  Lo difícil que es reconocerla.  Según una revista especializada de literatura infantil el sexismo se manifiesta incluso en la cantidad de personajes presentados por los textos, criterio según el cual en los textos infantiles tradicionales se privilegian las figuras femeninas, pero la historia las fue vetando hasta invertir el patrón.

“Los cuentos tradicionales han sido transmitidos durante años por mujeres. Como afirma Alison Curie: Mientras la literatura se hallaba casi exclusivamente en manos de los hombres, eran las mujeres las que inventaban y transmitían oralmente las historias. Y añade: en los cuentos de niños y del hogar de los Hermanos Grimm se encuentran 61 personajes femeninos con poderes sobrenaturales en contraposición a 21 hombres y niños.

Cuando  esta tradición oral ha pasado al texto escrito, irremediablemente lo ha hecho bajo la supervisión de los hombres que eran los que marcaban los gustos de la sociedad.  De esta manera, unos textos con valores feministas, o con personajes femeninos con cualidades altamente positivas, eran modificados sin contemplación alguna, o en el mejor de los casos silenciados como El Príncipe Durmiente, en el que es el príncipe y no la princesa el que es rescatado por una mujer activa. Como sigue afirmando Curie: En los cuentos folclóricos originales se encuentra todo lo que los editores victorianos censuraron: sexo, muerte… Y especialmente iniciativa femenina”.

El segundo espacio de internacionalización literaria será la escuela.  En ella los discursos se socializarán con otros y se sustentarán de manera imperecedera en la estructura mental: Niños y niñas adquirirán patrones de conducta que difícilmente tendrán modificaciones a lo largo de la vida.  El papel de las educadoras y educadores resulta entonces fundamental, puesto que si no transmiten el saber desde una mirada que distinga y procure reparar el sexismo, lo más probable es que el mecanismo de subordinación permanezca velado como hasta ahora.  Un análisis realizado por la especialista costarricense Ana Chavez  arrojó las siguientes experiencias en el aula:

Los cuentos, las canciones y las poesías que escuché en el salón de clase, en su mayoría, llevaban una gran carga ideológica a favor de la reproducción de conductas sexistas.  En algunos de ellos, no existía o era muy escasa la presencia femenina como el cuento Yo Soy Yo; en la poesía El Payaso del Viento, El Flautista  de Hamelín, Pinocho, El Gato con Botas, Los dos Ratones;  en las canciones Pedro comió Pan, Los Esqueletos, Que todos los Niños estén muy Atentos, El Payaso se pinchó la Nariz, Los diez Pececitos.

En  otras ocasiones a las mujeres se les mencionaba en situaciones de inferioridad social o subordinación: Caperucita Roja, La Bella Durmiente, El Mono Tulín, El Conejo y la Tortuga, entre otros.  La literatura presentaba frases desvalorizantes con las cuales se evidencia la superioridad  del sexo masculino y la inferioridad del sexo femenino.  También se utilizan términos genéricos y plurales masculinos que invisibilizan la presencia femenina.

VI.- CONCLUSIONES

Con el estudio realizado hemos cumplido a cabalidad con los objetivos propuestos, puesto que se ha desarrollado de manera crítica un análisis de las fuentes literarias en cuanto a su poder de transmisión de cultura, asumiendo que esta es fuente vital de configuraciones discursivas desde la infancia.  A su vez, la literatura ha sido cuestionada desde una mirada transversal en la que se ha propuesto una revelación de potenciales virtudes humanas que contribuyan al desarrollo social de los niños en equidad y respeto por la otredad.  Con el estudio queda manifestada la necesidad de releer críticamente los textos para formar en igualdad de sexos o más bien de géneros.

Como material de apoyo, el estudio expone con claridad las implicancias del concepto de género y la pertinencia que éste ha tenido y tiene en la cultura, puesto que atraviesa todas las prácticas sociales.  Por este motivo, se establecieron relaciones entre las fuentes básicas de transmisión de literatura popular, desde la figura más próxima o materna hasta la escuela como segunda fuente y, se han reconocido en ambos espacios las constantes de continuidad cultural no crítica o por repetición.

El análisis específico de los textos permite reconocer las marcas lingüísticas y discursivas que fomentan los estereotipos y que corroboran los ejes sexistas recurrentes en el lenguaje cotidiano y que contribuyen a las relaciones de género marcadas por la desigualdad.  Finalmente, el estudio resulta ser una propuesta de reflexión para construir discursos nuevos que desde la rigurosidad promuevan un mundo más ecuánime y justo.

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