La clasificación de los géneros
agosto 1, 2014
El escritor en la sala de clases
agosto 1, 2014

Presencia de la mujer en la literatura chilena

Para hacernos una idea de la importancia y el momento en que la mujer irrumpe con fuerza en la literatura chilena, tenemos que remontarnos a las décadas del setenta y ochenta en Chile.  Años que estuvieron necesariamente marcadas por la militarización y la censura.  La violencia del nuevo eje de poder obligó a los circuitos culturales a permanecer en un silencio que modificó el quehacer literario.

Como dice E. Brito en Campos Minados: “Cambió el paradigma de la literatura chilena, generando, lo que desde aquí denominaremos“ una nueva escena de la escritura “es decir, un programa literario, que desde el lenguaje, cifrado y vuelto a cifrar, en su máxima opacidad, desarrolla las claves, tanto literales (formales) como las potenciales (metafóricas) para la configuración de un mapa cultural que contiene en su interior un imaginario que emerge en ese período con una fuerza mucho más potente que la de los períodos anteriores.”

Tanto la literatura, como otras manifestaciones artísticas debieron iniciar nuevas estrategias técnicas de expresión que derivaron en lenguajes que desde el sombrío escenario social no pudieron evitar la evidente interpretación, apreciación o manifestación de la coyuntura histórica.

Desde este estado de “incomunicación “o silencio forzado se hicieron escuchar voces femeninas que envidiarían a partir de su particular introspección la experiencia de vida en una tierra profanada por las armas y establecieron una nueva lectura del sujeto femenino.

Una tarea titánica ha sido ver la participación de la mujer en el medio literario dado lo esquivo que ha sido este medio con la producción de mujeres desde siempre, aunque con excepciones evidentemente, como es el caso de Mistral a quien era imposible relegar luego de reconocida su obra en el extranjero, pero para quien sin duda fue difícil regresar a una patria de la que ella misma había decidido partir.

Los trabajos de Winett, Mistral, Brunet o Bombal fueron, sin duda, vitales para que la pluma femenina fuese reconocida, no obstante, sus casos fueron anómalos y además privilegiados, frente a tanta palabra de mujer borrada y olvidada durante siglos. La omisión de sus textos fue una práctica sencilla, puesto que la creación literaria de la mujer no era masiva. Un factor preponderante fue la educación, que en principio le era negada.

¿Qué ocurre entonces en la década del 80? ¿Es esta masiva escritura de mujeres consecuencia de un proceso sostenido de cambios provocados por las diferentes batallas ganadas en esta lucha de la mujer por ocupar espacios mástrascendentes en lo público socialmente considerado?

En efecto, el incansable trabajo de muchas otras y que se manifestó, por ejemplo en obtención del voto algunas décadas antes o la significativa toma de conciencia que provocaron los movimientos de mujeres en la década del 60 a propósito de voces como la de Simone de Beauvoir y que tuvieron acogida en colectivos femeninos latinoamericanas fue categórico para la apertura posterior de la discusión en torno a la subordinación de la mujer.

En la década referida confluyen diversos factores que sirven de soporte para este novedoso proceso escritural. En voces como la de Teresa Calderón, Carmen Berenguer, Soledad Fariña, Eugenia Brito, o Verónica Zondex ya no oímos a una mujer estereotipada que desde su escaso poder y su eterno silencio que llama o sufre el amor perdido alojado en la figura masculina, sino que oímos palabra contestaria, palabra determinada y consciente del mundo, palabra que intenta crear lenguaje nuevo, palabra que demuestra un ánimo de subversión frente a los patrones predeterminados. Nueva implantación de poder a través de la configuración de una nueva raza el extranjero inicia su proceso de reculturización, imponiendo su color y su lengua.

Este proceso de denominación racial y lingüística ya fue verbo en Gabriela Mistral cuando se refería al pueblo español. La implantación de la lengua y la oficialidad del referente español como un acto no consciente puede analogarse con la palabra negada para el sujeto femenino de la constitución inicial del lenguaje como reflejo de la supremacía masculina.

Las negociaciones forzadas son tema recurrente de las autoras del ochenta.

La mujer y la cultura sometidas y exánimes se niegan a la muerte absoluta, gritan desde el fondo del tiempo y allí sacan la voz, renuncian a esta muerte impuesta.

Una de las temáticas recurrentes en este período fue aludir a Latinoamérica y su condición de terruño violado y sometido por el extranjero, esta tierra y su tradición que de pronto es avasallada por una culturaautodenominada portadora del poder del Dios único y cuya presencia está emplazada en lo alto metamorfosea las estructuras de poder que hasta el día de hoy practicamos y que se manifiesta en la verticalidad, y esta verticalidad no excluye la relación hombre/mujer que culturalmente también esta propuesta con un subordinante.

(lo masculino) y un subordinado ( lo femenino).

Quizás el proceso de militarización (optativo u obligado) sirvió de puente simbólico para dar forma a esta topicalización común de las letras, puesto que la figura hegemónica de poder estaba reducida a lo masculino, como el encargado de restablecer el “orden”. Lo más importante es que poco a poco las mujeres están encontrando un espacio primordial en la literatura, sin olvidar el sello de femineidad.

Esta ponencia fue presentada en Uruguay, en el Tercer Encuentro Internacional «Poetas de las Dos Orillas» 8 al 11 de marzo 2007 Hotel Balmoral, plaza, Montevideo, Uruguay